jueves, 4 de abril de 2013

A. EINSTEIN: UNA BIOGRAFÍA. Adultez (II)


El amor llama dos veces 
Einstein llegó a sentir por H. Lorentz un cariño especial, casi como de hijo a padre, que, además, fue correspondido. Años después llegó a escribir: “Admiro a este hombre como a ningún otro; hasta diría que le quiero”.

Unos sentimientos que, rara vez, manifestó por nadie. Ni siquiera por su propia familia. Tal era la miopía emocional, de quien tanta clarividencia científica tuvo.

Su antiguo instituto, el ETH de Zurich, le ofreció un puesto en Física Teórica, de mucho mayor prestigio que aquél que tuvo en la universidad, unos años antes. Había sido recomendado por muchos de los físicos de la conferencia Solvay y, por supuesto, Mileva estaba deseando volver.

Sólo Einstein dudaba. Una duda que, quizás, obedeciera a un motivo. Bueno, a dos.

De una parte, había recibido una interesante oferta laboral de la U. de Berlín, motivo por el que se desplazó a esa ciudad, él solo, en marzo de 1912. Deseaba conocer más de cerca las condiciones académicas.

Pero, por otro lado, resulta que es en este viaje cuando se produce el reencuentro con la que sería su segunda esposa. Su prima Elsa, con dos hijas, divorciada y ¡tres años mayor que él!

Por contra, Mileva se sentía cada vez menos querida como esposa y más sola como mujer. La unión familiar se debilitaba, el amor en la pareja se deshacía.

De Praga a Zurich (de nuevo) 
Al final, en el otoño de 1912, se decidió.

Un año y medio después volvía a la ciudad que amaba, y al instituto que, doce años antes, le había negado un puesto de ayudante. Dicen que la venganza es un plato que se sirve frío.

Para colmo allí estaba, como profesor de matemáticas, su viejo amigo Grossmann (clave en la elección de Einstein para el puesto). Con él colabora sobre los fundamentos matemáticos de la Teoría de la Relatividad General, TRG. (Grosmann, debes ayudarme o me volveré loco).

Por primera vez, la gravitación se describe mediante el tensor métrico, saliendo del encasillamiento matemático en el que Minkowski (1908) había simplificado al espacio y al tiempo: un todo inseparable llamado espacio-tiempo.

El siguiente paso fue un nuevo lenguaje para describir ese panorama de cuatro dimensiones.

Otra vez el viejo amigo viene en su ayuda. Como en los tiempos de estudiantes con los apuntes, con el ofrecimiento del trabajo en la oficina de patentes o, ahora, en la escuela. Se llama amistad.

Fruto de esa extraordinaria colaboración, en 1913, publicaron “Idea general de la teoría general de la relatividad y la teoría de la gravitación”. El respeto del físico por los matemáticos es ya total (Comparado con este problema, la relatividad original es un juego de niños).

Por desgracia, tanta dedicación científica tuvo otros frutos, y éstos, nada deseados.

La escasa atención a Mileva y los hijos, resintió aún más la inestable relación conyugal. El sufrimiento que le produce como mujer su soledad, se vio agravado por el hecho de que es Grossmann quien ayuda a Einstein en sus problemas matemáticos, y no ella.

Una sustitución que le hace sufrir también, ahora, como científica.

Continúan los reconocimientos
A mediados de 1913 es invitado por la U. de Columbia en New York para dar una serie de conferencias. Mileva se opone y Einstein declina el ofrecimiento alegando carecer de tiempo.

No fue la única oferta que le llegó.

La invitación del Congreso de físicos y médicos de Viena (donde Einstein tiene la primera noticia de los trabajos de N. Bohr, sobre un modelo atómico basado en el cuanto de Planck para resolver el problema de su estabilidad, como él lo hizo para el efecto fotoeléctrico (efe).

El nombramiento como miembro de la Academia de Ciencias de Prusia.

La visita de Planck y Nernst con el ofrecimiento de un puesto de investigador, sin carga docente, en la U. de Berlín, junto con la dirección del Instituto de Física K. Wilhelm (aún no fundado) y un sueldo especialmente generoso.

Una oferta espléndida para un hombre tan joven. Sólo un aspecto le preocupaba. La vuelta a Alemania y lo que representaba.

De nuevo el autoritarismo, la severidad espiritual, el conformismo, la rigidez intelectual. En definitiva lo que más detestaba.

Aunque había algo que podría equilibrar la balanza. Una figura femenina capaz de contrapesarla y desnivelarla, incluso.

Era su prima, por partida doble, Elsa y las cariñosas atenciones que había recibido de ella (...una de las cosas que más deseo hacer es verte a menudo, ir por ahí contigo y charlar mucho...).

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